La gata que yo tenía de pequeña no se llegó a enamorar, pero sí tuvo un "hijo adoptivo", un juguete mío: una manopla como de peluche con una especie de bocinita interior con la forma nada más y nada menos que la de Espinete (los que seáis de mi quinta lo recordaréis).
¡Le daba unos lametones y unos arrumacos a su hijito rosa que el pobre seguro que se preguntaba cuándo vendría Don Pin Pon a rescatarlo!