El Bosque
6:45 am Santiago de Compostela.
No sé que extravagante impulso llevó a seguirlos a una distancia prudencial por las callejuelas levemente iluminadas, pero la sensación que había tenido instantes antes caló profundamente en mi curiosa personalidad.
Tal vez estaba dejándome guiar por esta insana intuición y desconfianza que caracterizaban mi personalidad; quizás no era más que una madre y un niño ataviado con un disfraz, … una enfermedad de la piel?,…mmm o un caso de fotosensibiidad?- algo había leído de eso… Joder! mis hiperactivas neuronas estaban jugetonas.
Mientras mi cerebro se estrujaba en barajar las más inverosímiles e incluso estúpidas hipótesis, observé que estábamos llegando a una parada de autobús de esas que no están señalizadas al lado de la carretera, pero que todo el mundo conoce.
Como una aparición fantasmal surgió de la oscuridad un autobús, cuyo típico sonido hidráulico de apertura de puertas rompió el silencio nocturno.
La madre y el niño de un gracioso brinco se introdujeron en el bus (curiosamente no pidieron ni ticket ni destino), ante la sonrisa de complicidad del conductor.
Extraño,…. muy extraño- pensé.
De otro no tan grácil y enorme brinco, desde el portal donde estaba oculto, pude por los pelos introducirme en el vehículo cuyas puertas casi estaban cerradas. Aún no sé como no me incrusté la cabeza en las escaleras de acceso y tatué allí mis dientes de recuerdo.
Aproveche el semblante atónito del conductor, para pedirle un ticket con destino al pueblo marinero de Noia antes de que pudiera reaccionar (con mi rápida capacidad de observación, lo primero que miré al entrar, fueron las letras al revés del cartel metálico de ruta, Santiago-Noia en el cristal interior).
En el momento que quitaba el billete de 5.000 ptas que me había dado mi jefe, para abonar el ticket (mal asunto eso de llevar billetes grandes para pagar en un autobús), el conductor me dijo con un semblante extremadamente serio y con gran esfuerzo por no echarme a la calle de de una patada:
-No estoy de servicio, pero le acercaré a Noia, no le cobraré si se sienta detrás de mí- Dijo señalando al raido y desgastado asiento de cuero que estaba justo detrás del suyo.
Ante tan gran muestra de generosidad, obedecí y me situé justo detrás de sus anchas espaldas soportada por una desgastada columna y músculos atrofiados, deduje, seguro que fruto de largos años de oficio conduciendo este autocar obsoleto.
Sentados en la parte de atrás la madre y el niño estaban sólos. (Doy por hecho que digo niño por su complexión física y madre por la impresión de relación afectiva que le profesaba).
El niño encapuchado recostó su cabeza en el regazo de la negra figura femenina, que acariciaba suavemente la espalda de la criatura, entonces otra vez pude oir ese sonido de ralentí tan agradable, ese ronroneo inundaba el interior del vehículo y llegaba a mis oídos como una melodía rítmica sumamente agradable y relajante, solapando incluso los violentos gruñidos del vetusto motor diesel.
Sólo se necesitan veinte minutos para salir de Santiago de Compostela y encontrarse en ruta en medio de la frondosa y profunda “nada” gallega. De la “urbe” a la “Selva verde” sólo a unos kilómetros y a unos minutos.
Intentaba girar mi cabeza con disimulo, para poder observar mejor a la pareja del fondo, que conmigo eran los únicos pasajeros en la penumbra interior del vehículo, pero me sentía incómodo por el acecho constante del conductor que con su mirada poco amistosa no paraba de vigilarme por el gran retrovisor interior.
Me conformé mientras leyendo los sonrojantes graffitis, citas y poemas breves de amor y “sexo” serigrafiados por presuntos pasajeros adolescentes con exceso hormonal, que debían utilizar esta línea de transporte habitualmente.
De repente el vehículo paró, en medio de la nada.
Se abrieron las puertas y dos sombras fugaces bajaron en una exhalación, con dirección al interior del bosque próximo.
Aceleré mi paso para poder bajar por la entrada delantera, mientras de soslayo veía el dedo del conductor apretando rápidamente el botón de cierre.
-Que Dios bendiga está vetusta flota de autobuses que tenemos en Galicia!- me dije, en un momento de alborozo al comprobar que se cerraban lentamente, pese a la insistencia del “jefe”, en apretar y apretar más, como si eso hiciera el efecto que el deseaba.
El muy cabrón, como no pudo cerrar a tiempo las puertas hidráulicas, pegó un acelerón en vano intento de atraparme en el interior, pero produjo el efecto contrario y salí disparado hacia el exterior, en el cual aterricé sin gracia alguna.
Aquí estaba yo, en medio de la oscura nada siguiendo a no se quién, con el pantalón roto y manchado de aceite, sangrando por una ceja por el impacto contra el suelo, con muy mala hostia, y mentándome en toda la familia del conductor del cual únicamente divisaba a lo lejos las luces rojas de posición del bus.
Mientras apretaba con un pañuelo de esos que llevan mis inciales (si, ya sé que es ridículo, pero son cosas de una madre a su hijo, ya sabéis) mi ceja que sangraba ahora más abundantemente, me dirigí al punto donde se había internado en el espeso bosque mi futuro reportaje.
Exactamente en ese punto emergió la figura de un gato de extraño color, que sentado y desafiante, me pareció intuir que me impedía el paso.
Pst!! Psst! Gatito., gatito!- de cuclillas con el pañuelo en la ceja presionando la herida, esperaba como idiota una reacción del felino.
Empezaba a salir el sol y pude observar que mi enorme pañuelo blanco se había teñido de color rojo, y notaba más fuerte la sensación de sangre manando sobre mi rostro producto de la interacción del efecto frío del amanecer.
Mi cabeza daba vueltas, el gato no me perdía de vista.
El felino abrió su enorme boca, como cuando mi “Ais” bosteza como un león, ... de súbito un aterrador y profundo rugido salió de su interior.
Me desmayé.
(Resulta que no soy tan duro como mi vieja amiga Dreidre creía)
Continuará